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Triste, solitario y ¿Final?

La cultura impuesta por el capitalismo ha producido enormes cambios en las sociedades que se abrazan a sus postulados: meritocracia, exaltación de la avaricia y del consumo interminable, egoísmo y (uno de los peores)… soledad…

Hoy, se coloca como valor indispensable la “independencia”… el “valerse por sí solo”… y resurgen así las frases del tipo “… a mí nadie me regaló nada, lo que hice lo hice solo”, que reflejan todos estos valores que hoy son exaltados -en muchas sociedades, como un bien fundamental, generando condiciones no ya contra los valores de antaño, sino contra la propia existencia de los seres humanos, que, como bien se sabe, su éxito se basó en el concepto de “manada”, que con la evolución se convirtió con el tiempo en “sociedad”, que según el diccionario es un “sistema organizado de relaciones que se establecen entre un conjunto de personas”. Y la familia, de la forma que se quiera, es parte de este sistema… su matriz.

Hoy, por el contrario, se venera a la soledad de una independencia mentirosa, pues deja de lado el componente humano y solo queda el económico, que es el que nos venden. Y de ahí… al fenómeno (o calamidad) de la soledad. Y tomemos como ejemplo a un baluarte del capitalismo, un faro de la productividad, un ejemplo a seguir -para muchos- de organización humana: Japón.
Resulta que en Japón hay 8 millones de casas vacías -teléfono para Larreta-.  Esto redunda en cientos de pequeños pueblos abandonados (para dentro de veinte o treinta años se espera que sean miles). Por esto, uno de cada tres habitantes vive sólo en un departamento ínfimo -¿se acuerdan de los cambios en el código de edificación y los micro departamentos de 17 m2 que fomentaba Clarín durante el macrismo? Larretaaaa, atendé-. Y la tasa de nacimientos decrece a un ritmo de unas 150.000 personas al año.
Más allá de teorías apocalípticas que poco contribuyen a la discusión del problema de la soledad, en especial de los ancianos cuyos hijos y familiares cada vez tienen menos tiempo para ellos, en paralelo con lo ordenado por las bases doctrinarias del neocapitalismo reinante y su cada vez más ambiciosa tasa de “ganancia” y “productividad”.

Así, la soledad creciente (y ya masificada) y la tasa decreciente de natalidad, llevaron al primer ministro japonés (Yoshihide Suga) a emular al Reino Unido y crear el “Ministerio de la Soledad”. Y más allá que a muchos les parezca pintoresco y hasta un tanto gracioso, el diagnóstico (cuyo camino sigue todo el mundo capitalista, incluyendo al capitalismo de estado chino) es preocupante. La tasa de suicidios es de las más altas del mundo (en una sociedad confuciana basada en la idea del grupo, por lo que la soledad es un fracaso del que la muerte voluntaria los libera). Así, para 2020 se suicidaron 750 personas más que en 2019, haciendo que unos 23.000 japoneses lleguen a la muerte por mano propia. Además, unas 30.000 personas al año mueren “solas” en sus casas, donde permanecen tiempo indeterminado hasta que las “encuentran”.

El otro fenómeno generado por esta soledad interminable son unos dos millones de jóvenes deprimidos que se “ausentan” del mundo real, encerrados en sus cuartos, mantenidos por sus padres y conectados al mundo solo a través de la vía digital. Sería algo así como el “escape” a través de lo virtual, lo que los lleva a pasar más de diez años encerrados, sin un pronóstico claro acerca de su futuro. Y si el estado no interviene en el problema, la cifra podría llegar en poco tiempo a los diez millones. La presión desde la niñez, la creciente competencia impuesta por las “reglas del mercado capitalista” y el aumento del bullying generan estos profundos estados depresivos.

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Y como el mercado manda, también cada vez son más frecuentes los casos de “Karoshi”, que no es otra cosa que la muerte por exceso de trabajo, patología laboral que solucionan los empresarios indemnizando a los familiares de las víctimas, lo que les resulta infinitamente más barato que modificar las relaciones laborales y las formas de producción.

Hablamos de personas “sanas” que fallecen por trabajar a destajo, muchas veces haciendo más de cien horas extras al mes, choferes manejando tres mil horas al año, u oficinistas que trabajan desde la mañana hasta la noche y duermen en un “hotel capsula” para regresar temprano a la oficina “robando” unas horas de sueño por no tener que viajar a su casa. Estas relaciones laborales implican un autollamado al “gambaru”, ese ancestral grito de guerra -hoy corporativo- que significa “trabajar duro, rendirse jamás”. Un culto al imperativo de alcanzar objetivos a cualquier precio. Y el problema se agiganta por postulados confucionistas acerca del respeto a la jerarquía para garantizar la armonía social a la vez de generar una productividad, que resulta muy superior a la posible en occidente.

¿Y cómo ayudaría el incipiente Ministerio de la Soledad? Veamos…

Si bien una gran parte de esos problemas son de índole universal, como ya pudimos ver, Japón los multiplica por características culturales propias. Pero el hipercapitalismo insertado en una sociedad como la japonesa, amontonó aún más a la población en megalópolis como Tokio, la mayor concentración urbana existente en la tierra, modificando con fórceps la vida comunitaria tradicional, marcada por una contención familiar y vecinal hoy inexistente, haciendo que de ese tercio de la población de Japón que vive sola, las tres cuartas partes pocas o ninguna vez tenga comunicación con sus vecinos. Y la pandemia con la imposición del teletrabajo terminó agravando todo aún más, pues ni siquiera permanecen las relaciones laborales… el bar a la salida, o la salida con una persona de otro sexo “pagada” -no como prostitución sino como una especie de alquiler temporario de afecto como remedio a la soledad-como se vio en “Family Romance” de Herzog… O sea que a la condición de vida solitaria se le saca el vecino, el compañero de trabajo, el acompañamiento con el sexo opuesto… haciendo que la soledad se transforme en hermitañismo.

El nuevo ministro (Tetsushi Sakamoto es su nombre), se le asignó la insólita tarea de hacer que los japoneses “fabriquen” más bebés: hay que hacer subir la tasa de natalidad pues sino en breve habrá escasez de mano de obra y los japoneses son reacios a los inmigrantes. Y a un sistema jubilatorio cerca del quiebre se le suma la falta de gente para cuidar ancianos, ya que sus hijos viven a cientos de kilómetros o trabajan a destajo, y la escasez de enfermeros es cada vez mayor. Lo gracioso es que empresas como Sony quieren reemplazarlos por robots (como mascotas “inteligentes”), aumentando así  la soledad. Pero más allá de ministerios, lo difícil será transformar las ideas de una sociedad cuyo futuro más cercano es una juventud hedonista, narcisista y sumamente egoísta (la llamada generación herbívora), obsesionada con el espejo y el éxito laboral, evitando los “problemas” y el “gasto de energía” que genera una relación de pareja y que los distrae de sus objetivos. Incluso la sexualidad es mejor “virtual” ya que no produce este gasto ni genera heridas. Un panorama que a todas luces se muestra contrario a la preservación de la especie y de su salud mental.

Aprendamos de ello para que no nos lo “exporten” como tantas otras patrañas disfrazadas de progreso. De “productividad”, “egoísmo sano”, “precarización” y otras yerbas que ya conocemos… Evitémoslo sacándolo de raíz. No somos japoneses. Y es lo más sano…

Las obras de TetsuyaIshida (1973-2005) son testimonios del sufrimiento contenido, la despersonalización, la cruel cultura del trabajo y la destructiva soledad de la sociedad japonesa. Los trabajadores asalariados tienen forma de paquete postal, se venden desmontados en piezas listas para ensamblar, acuden a un bar tras la jornada laboral para que un camarero les sirva alcohol de un surtidor y poder perder el sentido lo antes posible.

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