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Lázaro suplente

por LEANDRO ALVA

Un texto que bajo la apariencia de ser un relato autobiográfico, muestra con crudeza lo que significa para muchos argentinos el 24 de marzo, en especial los que lo sufrieron en carne propia, o en la de sus seres amados, que muchas veces resulta peor aún… (CARLOS CRUZ, Revista URBANAVE)

Mi nombre es Leandro Ariel Alva. Nací en Temperley, pleno conurbano sur de Buenos Aires, el 17 de diciembre de 1975. La constelación de sagitario rige los destinos de todos los que, como yo, vienen al mundo en esos nebulosos días previos a la navidad. De acuerdo al santoral católico debería llamarme Lázaro, lo cual, a priori no acarrea ningún aspecto desfavorable; ese nombre revela cierta fortaleza desde la historia de aquel fulano que volvió de la muerte. Lo que ignoramos y acaso nos puede generar alguna incertidumbre es cómo le fue después de volver de la quinta del ñato. En todo caso, el asunto carece de importancia porque finalmente mis progenitores optaron por Leandro, y a mí no se me pasa por la cabeza levantar mi futura lápida para salir a chusmear qué pasa afuera. Me cuentan que aquel 17 de diciembre no se podía respirar a causa del calor, que a la noche se desató una tormenta bravísima mientras se jugaba una final de Copa Libertadores (he buscado este dato en Google y en diversas enciclopedias deportivas; confieso que no encontré nada al respecto, pero mi padre aseguraba que ese partido se jugó y yo le creo, a pesar de las fake news). Por aquellos tiempos, el país era un horno que no estaba para bollos. Y todavía no había llegado lo peor.
Soy hijo de Olegario Domingo Alva y de Liliana Angélica Marino. Tengo un hermano menor: Matías.
Los trastornos de ansiedad me vienen importunando desde el útero, que solo me aguantó ocho meses en el oleaje de su inefable calidez. Al parecer, el parto fue natural. Las contracciones comenzaron a eso de las 5AM y yo emergí al llanto primigenio siendo puntualmente las 6 de la tarde. Así lo afirma mi madre, que dice haber mirado el reloj de la sala de parto en ese preciso instante. El inconveniente de haber nacido (al decir de Cioran) tuvo lugar en la vieja Clínica Temperley, cuyo espacio ahora es ocupado por unos lujosos departamentos ajenos al llanto de las nurserys. Mis padres me refirieron numerosos detalles que mi memoria no alcanza y me ayudaron a entender mejor acontecimientos posteriores.
Mido poco más de 01.85m y mi pelo ya empieza a ralear. Dicen que tengo los ojos y la sonrisa de mi viejo, pero soy más gordo que la última versión que mi memoria guarda de él (en gran parte debido al maldito hipotiroidismo que se despertó hace unos 10 años y jamás volvió a su letargo previo). Dicen que mi forma de caminar y mis raptos de timidez y aislamiento recuerdan mucho a mi abuelo paterno. Tengo pie plano y soy ultra chicato, entre otras herencias indeseables. Y creo que llevo puesta la casaca de Temperley desde mi estadía (pensión incompleta) en la panza de mamá. A veces, me inclino hacia la escritura. Me cuesta eludir el dramatismo decimonónico y la nostalgia tanguera de pacotilla, pero lo intento siempre.
Puedo decir todo esto porque sé quién soy. 
Sin embargo, hay por lo menos 400 nietos apropiados que todavía no conocen su verdadera identidad. Por eso, si te faltan certezas acerca de tus orígenes, ya sabés adonde te pueden dar una mano: www.abuelas.org.ar No lo dudes, las viejas no fallan nunca.

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