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Una autocrítica necesaria para corregir y volver a tomar la iniciativa.

por CARLOS CRUZ

La esperanza en 2019 fue mucha… “volvimos mejores” se dijo. Hoy, más allá de pandemia y herencia brutal del neoliberalismo conservador de Macri y los suyos, la afirmación no es creíble y es palpable la necesidad de un fuerte golpe de timón para retomar la ruta que llevó al Frente de Todos al poder: redistribución en pos de una mayor igualdad y justicia social. Con o sin FMI es imperioso para que no vuelva la derecha en 2023, algo que sería realmente desastroso en todos los aspectos imaginables.

Hasta el momento, el gobierno del FdT resultó, de mínima, desalentador… esto es innegable.

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Más allá que no se puede dejar de lado a la pésima gestión de Mauricio Macri y el “mejor equipo” que prometió formar, junto con su desastrosa herencia -incluida una deuda impagable que condiciona seriamente el futuro de varias generaciones de argentinos- que nos regaló en tan solo 4 años. A esto se suma la llegada casi inmediata a la asunción de Alberto Fernández de una pandemia terrible, que azotó y aún azota al mundo, generando la peor crisis global sanitaria, cultural y socio-económica en un siglo.

Pero aún con todo ello, el presidente y su equipo han sido ineficientes en la creación de un relato que mostrase a la población como era la realidad heredada y la necesidad de cambios drásticos. Y si a eso le agregamos que la conducción fue demasiado dubitativa, desorganizada y, hasta podría decirse naif, el resultado no podía ser otro que el fiasco actual.

Hasta el correcto manejo de una pandemia desconocida por todos – incluidos los científicos -, donde Argentina gozó (y goza aún hoy) de una cobertura de inmunización ejemplar, a través de un programa que incluyó seis diferentes vacunas -con el agregado de poder fabricar en el país dos de ellas-, y del rápido resurgimiento de una salud pública devastada por el macrismo que permitió atender a todos los argentinos que lo precisaron, fueron temas que la oposición y sus usinas comunicacionales anularon, convenciendo con argumentos falaces -y muchas veces ridículos e incluso inhumanos- a una opinión pública mal informada de que todo había sido un desastre. Esto generó el surgimiento de una derecha brutal, despiadada, sin límite alguno para lograr sus fines a como sea, conformada por una masa de conservadores, pseudoliberales, nazi-fascistas con traje de nacionalistas, fanáticos antivacuna, ONG´s de muy dudosa financiación y una masa de lumpemproletarios muy cándidos que son permeables a cualquier estupidez que sus líderes digan ya sea en redes sociales, televisión o en un discurso al que llegan como telepastores haciendo gala de su “éxito” económico, amén de vendedores de verdades que bajo el tamiz de la racionalidad resultan sencillamente estupideces que sin el estrépito de la escenografía con las que se presentan, no tendrían valor alguno.

Tienen que haberse hecho muchas cosas mal para que tan solo un 43 por ciento de los argentinos sepa que fue el gobierno de Macri quien tomó la deuda con el FMI, algo sobre lo que no debería haber controversia o duda alguna. Incluso un 26 por ciento de los consultados respondió que los casi u$s45.000 millones que pidió Macri en 2018, fueron solicitados al organismo por el gobierno de Alberto Fernández, y otro 30 por ciento dijo no saber quién endeudó al país. O sea que solamente 4 de cada 10 argentinos sabe la “verdad”, el resto o bien está desinformado o a sido engañado. Esto es una muestra evidente de que el Gobierno Nacional no supo tener la potencia, claridad, ni elocuencia necesarias para explicar algo que es una realidad incontrastable: que la deuda nos la “regaló” Mauricio Macri y todo su equipo económico. Y que con ese dinero no se colocó ni un solo ladrillo, ni se invirtió en conocimiento, ni ninguna otra cosa que sea una inversión para el país: tan solo sirvió para pagar la fiesta de los amigos de afuera y de adentro, y que la infernal masa de plata prestada (más que la que deriva de juntar a todos los presidentes argentinos desde la llegada del FMI al país) terminó en paraísos fiscales o cuentas de fondos de inversión (timba en mi barrio) de empresas financieras foráneas.

Y lo peor es que esto se gestó luego de prometer investigaciones que terminaron en laberintos judiciales que se saben parte del neoliberalismo que Macri y muchos otros representan… a los que el gobierno de Alberto Fernández jamás tuvo la convicción, ni la energía, ni la intención real de tan siquiera molestar. Porque los funcionarios hablan de Néstor como inspirador de sus políticas, pero “olvidan” decir que Néstor asumió con el 22 por ciento de los votos y en menos de un año removió a través del juicio político a los jueces cuestionados y formó una Corte Suprema que fue un orgullo para la Argentina. Tal fue el prestigio de sus miembros, que un conocido opositor dentro del mundo judicial, defensor del ala derecha del radicalismo y adherente de la primera hora de Cambiemos, el abogado constitucionalista Daniel Sabsay, afirmó en ese momento que “… no es casual que las tres figuras presentadas por el Gobierno (de Néstor Kirchner) sean de primerísimo nivel. Eugenio Raúl Zaffaroni es uno de los mejores penalistas de América Latina, Elena Highton de Nolasco, miembro de la Cámara Nacional de Apelaciones, y Carmen Argibay, integrante de la Corte Penal Internacional (…) son figuras referentes del Derecho”. En cambio, la gestión actual, tan sólo envió una tibia reforma que dejó dormir en el Congreso sin pena ni gloria.

Siempre invocando a un diálogo ridículo pues nunca existió el “diálogo” de uno solo. Y también lo mismo, lo traslado a la esfera económica, donde buscó “dialogar” con gente sin escrúpulos que no le interesa más que solo ganar… y lo más posible. Busco “consenso” con gente a la que no le importó, ni le importa, ni le importará la pobreza… tan solo la tasa de ganancia lograda tan solo con la acumulación de prebendas y privilegios. Y así pasarón de la “Mesa contra el Hambre” al “Consejo Económico y Social”, instituciones con el fracaso adelantado desde su nacimiento, que tan solo crearon una burocracia que se reúne cada tanto a charlar como si la cosa fuese en un café. Mientras, se abandonó al aparecer el primer atisbo de escaramuza con las patronales agropecuarias la idea de “estatizar” a Vicentín, quien estafó al Estado en cientos de millones de pesos de entonces (hoy serían más de mil), algo que hoy hubiese permitido a la Argentina contar con una herramienta que permitía luchar contra la inflación con verdaderas armas, no con las manos atadas de hoy. Hubiésemos podido mejorar el control de las exportaciones primarias; afianzar a los pequeños y medianos productores, sacándolos del yugo de los pulpos que representan los oligopolios exportadores; controlar la evasión al tener idea real de costos y valores de venta que impedirían la triangulación, subfacturación y sobre facturación de costos que realizan las contabilidades “inteligentes” de sus balances; sin contar de poder evitar el desabastecimiento al contar con un amplio tejido industrial, a la vez de poder generar canales de distribución y comercialización que escapen a los tramposos actuales. Todo esto fue dejado en la cúspide del poder popular de un Alberto Fernández recién asumido, con un altísimo grado de imagen positiva, que no supo –o no quiso- utilizar para nada que molestase al círculo rojo.

Cristina lo sabía y lo advirtió de todas las formas posibles a través de recomendaciones, discursos, charlas y cartas… solo logró que la fueran relegando de las decisiones de la cúpula del ejecutivo. Esas palabras en el festejo de la victoria de la fórmula del FdT, cuando le expresó al recién electo presidente que “… tiene una tarea muy dura, le dejaron un país devastado (…) pero tenga fe en el pueblo y en la historia. La historia la terminan escribiendo, más tarde o más temprano, los pueblos. Sepa que este pueblo maravilloso nunca abandona a los que se juegan por él. Convóquelo cada vez que se sienta solo o que sienta que los necesita. Ellos siempre van a estar cuando los llamen por causas justas” hoy cobran especial valor. Porque Alberto Fernández nunca se apoyó en ese pueblo cuando había que implementar políticas justas pero que molestaban a los grupos de poder… siempre se apoyó en un supuesto “diálogo” para buscar “consenso”, algo imposible porque cualquiera sabe que el dinero en realidad no se duplica. Hay que sacar de un bolsillo para colocarlo en el otro. Durante cuatro años el macrismo lo llevó con éxito a la práctica: llenó unos pocos bolsillos, vaciando los de la mayoría de los argentinos. Cuando asumió Alberto, lo hizo prometiendo invertir el proceso y devolver al pueblo lo que le habían robado. No solo no lo hizo, sino que aún peor, lo empeoró y con tan solo tibios síntomas de hacer lo prometido. Y, no conforme, debilitó a la coalición de gobierno al relegar al principal grupo de votantes y a sus referentes. O buscando que abandone principios que había defendido por doce años de tres gestiones contra viento y marea. Y por esto mismo el odio enfermizo al kirchnerismo de esa oposición lacaya del poder económico, que miraba absorta entonces como perdían sus negociados y privilegios. Porque digámoslo claramente: sin Cristina no hay FdT posible… y ningún otro se puede colgar esa medalla.

Y esto sucedió justamente porque ella siempre tuvo fe en ese pueblo que movilizó decenas de veces -al igual que Néstor Kirchner y como hace mucho no se veía- cada vez que conquistaba un derecho, una conquista social, una medida que buscaba verdadera igualdad de oportunidades… la famosa movilidad ascendente de la que muchos hablan y pocos buscan generar. Y supo también que ese pueblo nunca la iba a abandonar… y por eso los convocaba. Y su respeto a las convicciones que expresaba… esa devoción por el cumplimiento a las promesas que enunciaba en su contrato electoral, que era como una “garantía escrita” para su pueblo, fue, es y será su mayor capital político… uno que ni fakes news, ni campaña sucia, ni odio extremo podrán conseguir manchar ni mínimamente. Ese amor incondicional de tantos, más allá de los errores que todos los seres humanos tenemos, no puede ser simplemente un error… o magia. Es el fruto del empoderamiento social, de la independencia económica, del orgullo de esa argentinidad. Y el agradecimiento a quien nos condujo a trabajar para ello. Y esto es algo de lo que el presidente no debe confrontar… sino abrazar como propio y seguir el sendero del que él también en un momento, fue parte importante. Ojalá que así sea para que el 2023 aún nos permita vislumbrar un horizonte de esperanza… de convencimiento de la existencia de una real posibilidad de trabajar en pos de un país justo, donde valga la pena vivir.

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